Trinidad Elisabet Ramallo

Vine a trabajar a una peluquería de Avellaneda en 1998, y cuando perdí ese empleo, decidí emprender mi propio negocio. No fue fácil: todos me decían “no es momento para abrir un negocio”. Pero yo sabía que mi mejor herramienta estaba en mis manos, así que empecé a buscar locales para alquilar.

En 2001 estuve a punto de cerrar por los vaivenes económicos; no podía pagar el alquiler, y la dueña del local me dijo: “Quédate, pagame como puedas”. Siempre apareció gente buena en mi camino: mis clientas me ayudaban con pañales y mamaderas para mis hijos, a quienes crié en un corralito dentro de la peluquería.

Hoy sigo adelante, con muchos altibajos económicos, pero gracias a Dios y al apoyo de toda la gente que me acompaña, sigo aquí, agradecida por siempre a Avellaneda.

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